martes, 01 de abril de 2008
Ciputti era un robot, allá por la época fordista, que cumplía eficaz y eficientemente su tarea para la que fue programado. A diferencia de como muchos creían, su incorporación al trabajo no reemplazó el de los humanos, tal vez algunas fases del proceso productivo, pero no redujo la carga del trabajo de los mortales, sino más bien incrementó más aun la intensidad y carga del trabajo para ellos.

Este robot, repetía y repetía su cometido, como el resto de robots y trabajadores (hoy denominados recursos humanos), pero algo falló en su programación y un día se dio cuenta de que él era algo más que una máquina destinada a hacer siempre lo mismo, cada día igual, horas y horas sin parar, tan sólo parar cuando algún tornillo se rompía, algún mecanismo fallaba o faltaba aceite para reducir la fricción y lubricar sus engranajes.


En el conjunto de la cadena de montaje Ciputti parecía uno más, colocado junto al resto de máquinas (humanas y no) trabajando duro, pero la realidad después de ese fallo en su circuito lo hacía diferente. Cada pieza que Ciputti ensamblaba, cada torsión que realizaba, cada agujero que perforaba,
despertaban un sentimiento extraño en su conciencia. Pero cómo podía ser eso de un sentimiento en un robot, y más aun en su conciencia. Los robots no tienen conciencia, se les programa para eso. Sólo deben ejecutar órdenes bien definidas, siempre iguales y sin probabilidad de error. Un robot no debía pensar porqué hacía eso y no lo otro, o si le disgustaba esa tarea y prefería otra. Parece increíble pero así es lo que sucedió, Ciputti fue tomando conciencia de su estado de explotación de que no era digna esa situación, él fue programado para realizar esa tarea exclusivamente, pero él no se conformaba, se sentía capaz de hacer mil tareas más, su lógica matemática dio paso al pensamiento y fue en ese preciso instante cuando sintió la necesidad de ser libre, de romper esa cadena de producción, de no aceptar su condición de robot torsionador, perforador y de ensamblaje. Ciputti quería construir puentes por encima de ríos, levantar altos edificios y pintarlos. Pero para eso tenía que dejar lo que estaba haciendo, armarse de valor y decirse que ya había sido suficiente, su conciencia de robot se lo pedía y así fue, se paró de golpe, no puso ningún tornillo más, no dobló una barra más, no hizo más perforaciones.

Ciputti permaneció quieto, a simple vista nadie se percató, pero enseguida un grupo de 6 operarios vestidos todos de azul oscuro se apresuraron en traer con una carretilla a otro robot igual que Ciputti y sustituirle. Ese nuevo robot era igual que él, pero sólo por fuera porque por dentro sus conciencias eran bien distintas.

Los hombres del mono azul cargaron a Ciputti en el mismo carro y se lo llevaron a la calle, mientras lo sacaban dio una última mirada a su viejo puesto de trabajo y vio que nada se había parado, hombre y robots seguían trabajando codo con codo, como máquinas, esa imagen le sugirió que toda esa planta parecía una enorme máquina con una misma maquinaria de la que él estaba saliendo y una vez fuera, cuando lo tiraron a la calle su conciencia estaba tranquila.

La foto es de Johnson Cameraface con licencia Creative Commons

Tags: Fordismo, robot humano, trabajo repetitivo

Publicado por otromundoya @ 12:12  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios