Ciputti era un robot, allá por la época fordista,
que cumplía eficaz y eficientemente su tarea para la que fue
programado. A diferencia de como muchos creían, su incorporación al
trabajo no reemplazó el de los humanos, tal vez algunas fases del
proceso productivo, pero no redujo la carga del trabajo de los
mortales, sino más bien incrementó más aun la intensidad y carga del
trabajo para ellos.
Este robot, repetía y repetía su cometido, como el resto de robots y
trabajadores (hoy denominados recursos humanos), pero algo falló en su
programación y un día se dio cuenta de que él era algo más que una
máquina destinada a hacer siempre lo mismo, cada día igual, horas y
horas sin parar, tan sólo parar cuando algún tornillo se rompía, algún
mecanismo fallaba o faltaba aceite para reducir la fricción y lubricar
sus engranajes.

En el conjunto de la cadena de montaje Ciputti parecía uno más,
colocado junto al resto de máquinas (humanas y no) trabajando duro,
pero la realidad después de ese fallo en su circuito lo hacía
diferente. Cada pieza que Ciputti ensamblaba, cada torsión que
realizaba, cada agujero que perforaba,
despertaban un sentimiento
extraño en su conciencia. Pero cómo podía ser eso de un sentimiento en
un robot, y más aun en su conciencia. Los robots no tienen conciencia,
se les programa para eso. Sólo deben ejecutar órdenes bien definidas,
siempre iguales y sin probabilidad de error. Un robot no debía pensar
porqué hacía eso y no lo otro, o si le disgustaba esa tarea y prefería
otra. Parece increíble pero así es lo que sucedió, Ciputti fue tomando
conciencia de su estado de explotación de que no era digna esa
situación, él fue programado para realizar esa tarea exclusivamente,
pero él no se conformaba, se sentía capaz de hacer mil tareas más, su
lógica matemática dio paso al pensamiento y fue en ese preciso instante
cuando sintió la necesidad de ser libre, de romper esa cadena de
producción, de no aceptar su condición de robot torsionador, perforador
y de ensamblaje. Ciputti quería construir puentes por encima de ríos,
levantar altos edificios y pintarlos. Pero para eso tenía que dejar lo
que estaba haciendo, armarse de valor y decirse que ya había sido
suficiente, su conciencia de robot se lo pedía y así fue, se paró de
golpe, no puso ningún tornillo más, no dobló una barra más, no hizo más
perforaciones.
Ciputti permaneció quieto, a simple vista nadie se percató, pero
enseguida un grupo de 6 operarios vestidos todos de azul oscuro se
apresuraron en traer con una carretilla a otro robot igual que Ciputti
y sustituirle. Ese nuevo robot era igual que él, pero sólo por fuera
porque por dentro sus conciencias eran bien distintas.
Los hombres del mono azul cargaron a Ciputti en el mismo carro y se lo
llevaron a la calle, mientras lo sacaban dio una última mirada a su
viejo puesto de trabajo y vio que nada se había parado, hombre y robots
seguían trabajando codo con codo, como máquinas, esa imagen le sugirió
que toda esa planta parecía una enorme máquina con una misma maquinaria
de la que él estaba saliendo y una vez fuera, cuando lo tiraron a la
calle su conciencia estaba tranquila.
La foto es de
Johnson Cameraface con licencia
Creative CommonsTags: Fordismo, robot humano, trabajo repetitivo