sábado, 28 de abril de 2007
Doblo con soltura y elegancia la esquina de via Pace, unas gafas de sol enormes con detrás una chica pelirroja me ha visto pero hace como que no me ve. Me da igual, cruzo entre los coches como puedo, y percibo que el conductor de un enorme coche (no sé que pretende demostrar, yo soy de los que piensa que existe una relación inversa entre lo que se enseña y lo que realmente se posee) me mira a los ojos con los suyos cargados de stress y suena con brusquedad la bocina eléctrica de ese buque mercante que consume la mitad de lo que el Prestige derramó. Suena fuerte y largo mientras frunce el ceño y estira con orgullo la cabeza hacia atrás hasta tocar con ella el reposa-cabezas. Yo corro para que no me alcance y al subir como un rabión a la acera, una mujer sesentona se asusta y trata de golpearme con su paraguas de época al estilo Mary Poppins. Escapo ileso. Mientras me dirijo hacia el parque donde me gusta ver jugar a los niños. Una pareja de enamorados que comparten un helado me miran pero apartan la vista enseguida, pero sé que ella me sigue mirando de reojo mientras el chico acaba con la bola de fresa. En el parque me siento feliz, tranquilo. Miro a los niños divertirse. Ellos si me miran sin desprecio, es más me ven como un amigo, a pesar de que nunca les devuelvo la pelota cuando me la tiran. Les contemplo horas sin cesar, ojala jugasen para siempre y mi trabajo fuese vigilarles desde aquí, desde esta esquina, oculto sin que me viesen, y aparecer sólo cuando se acerca la pelota. Les admiro hasta que se marchan y me quedo sólo, estático meditando acerca de las vidas.

-Final 1:
Dejo el parque, y mientras espero en la acera sin saber a donde ir, en un segundo sucede todo y de forma muy rápida sin poder hacer nada, del otro lado de la acera, aparece saltando una pelota y detrás de ella uno de los niños, en ese mismo instante, el enorme coche bestia de antes con el conductor estresado dentro, da un volantazo brusco e instintivo para esquivar al niño, pero con tan mala fortuna que de tal maniobra, el vehículo sube a la otra donde estoy yo y muero aplastado, noto como casi dos toneladas me apisonan, me desgarran la piel y me quitan la vida.
Una vez muerto sólo puedo decirte que recuerdo perfectamente la cara del niño al alcanzar su pelota y sentirse feliz, tanto como yo lo era en el parque. Ahh y también decirte que no es fácil ser un gato negro en la ciudad. Espero tener más suerte en mi próxima vida.

-Final 2:
Los niños se han ido, y regreso a mi soledad, a caminar entre las miradas directas o indiscretas de la gente, que generan pánico y otras veces risa, a correr y a esquivar.., hasta que noto que por detrás se acerca alguien, recordaré siempre esos ojos grandes y azules como el mar de Es Trenc, noto que su mano se posa sobre mi, me acaricia el lomo sin cesar y hasta me da un sándwich de jamón y queso. A pesar de todo, la vida de un gato negro tiene también cosas hermosas, sólo es cuestión de encontrar el día y la persona justa.

Para GG
Publicado por otromundoya @ 13:43  | Cuentos
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios