Le despertó de forma poco agradable el estridente ruido que procedía de un altavoz que pasaba por la calle, debía tratarse de un coche de esos con un megáfono en el techo que repite y repite lo que esté grabado en la cinta del radio-cassete del vehículo. Desde lejos se escuchaba, pero no se podía entender bien lo que decía, poco a poco y con mayor nitidez las palabras fueron llegando y se escuchaban ya mensajes como: “Por una corrupción transparente”, “vota PPSOE”, “ningún partido te mentira menos”, “vota PPSOE”.
Había olvidado que estaban en plena campaña. Ya no dejaban ni dormir a las personas, estos políticos. Si es que eran las 8.30 de la mañana y la maquinaria político electoral empezaba a funcionar para aprovechar al máximo todos y cada uno de los preciados minutos que debían servir para llevar hacia su terreno a alguna alma despistada y conseguir su voto. Siempre había deseado ser ciego en estos casos pues para ellos la campaña es mucho más llevadera no sólo porque los políticos no malgastan su tiempo ni dinero con propaganda en braille, sino que no tienen que ver el despilfarre de eslóganes en carteles, vallas, papeleras, cabinas telefónicas y hasta inodoros públicos con mensajes políticos y fotos con rostros que simulan una sonrisa improvisada y no ensayada. O tal vez sería mejor ser sordo, para no escuchar las memeces y mentiras que se repiten hasta la saciedad en televisión y radio.
Con los ojos entrecerrados y de mal humor se levantó, no había podido conciliar bien el sueño esa noche al igual que las anteriores, se dirigió al baño y después de confundir el tubo de pasta de dientes con el de la gomina y untarla generosamente sobre el cepillo, le precedió un enjuague de unos 10 minutos para eliminar el mal sabor y aliviar la pegajosidad. Decidió ir a la cocina mientras escuchaba como se alejaba el sonido del coche “… no te sorprendemos, “vota PPSOE”. Alcanzó la moka y preparó una cafetera con mucho café. Al cabo de 15 minutos por el nuevo color carbono que había adquirido la cafetera dedujo que había olvidado ponerle agua. No pasa nada, mejor así, seguro que se me hubiese derramado encima hoy. Decidió que tomaría café en un bar de camino a la biblioteca.
Vivía en la calle David Bisbal, esquina glorieta Gran Hermano, nunca paró de preguntarse que nombre habría precedido al de su calle anteriormente.
Salió a la calle, miró el cielo unos instantes, como el que espera una señal divina y empezó a caminar. Hacía ya 10 meses que perdió su trabajo, en una gran empresa de ensamblaje en el Vallés Occidental. Había ex compañeros suyos que les despidieron antes. No se pudo hacer nada. La empresa llevaba tiempo advirtiendo e intimidando con que ya no podía afrontar la situación, que no ganaban ni para pipas decían. Tendrían que deslocalizar la empresa a algún país del este europeo donde la mano de obra, el terreno y los impuestos eran más baratos; cosas de la globalización y eso. Lo que hicieron los sindicatos fue retrasar nuestra muerte, apretar muy lentamente el tornillo del garrote vil sin esperanza alguna. Las medidas que se tomaron fueron varias: primero se redujo un poco la plantilla, despidieron a empleados no afiliados o afiliados a sindicatos minoritarios. Nada, trabajábamos lo mismo y más duro con menos personal. Luego vinieron las reducciones de jornada, alegaban que para no cerrar nos veríamos obligados a trabajar 2 ó 3 horas menos al día. Realizábamos jornadas de 5 ó 6 horas dependiendo de la semana. Pero eran horas muy intensas, la intensidad del trabajo era tal que casi igualábamos las cifras de producción de antaño cuando trabajábamos más personal y más horas. Ningún sindicato ni político reparó en la intensidad del trabajo, eso era de libre albedrío para la empresa. Nuestro sueldo se vio disminuido lógicamente ya que trabajábamos menos horas y muchos no llegábamos a fin de mes.
La empresa cerró las puertas definitivamente y a los 800 viejos empleados que quedábamos se nos cerraría la puerta de acceso al mercado laboral. No se podía hacer nada, la mayoría de los trabajadores sólo sabíamos hacer esas tareas específicas en un obsoleto modelo de producción fordista, muchos de nosotros habíamos entrado a trabajar en esa empresa el día en que abrió, trabajadores de elevada edad, entorno a los 50 años de media, toda una vida desempeñando las mismas tareas. Tareas que no se precisan más en el actual mercado laboral.
Mientras termina su café piensa de cabeza que quiere aprender hoy en la biblioteca, los manuales de dirección de empresas que había estado ojeando las últimas semanas eran aburridos, con un lenguaje extraño y por lo que él sabía de empresas no se asemejaban en nada a la realidad lo que contaban esos libros, que si marketing, holding, leassing, dumping… El único término que conocía que terminase en ing era el de zaping por lo demás el resto le sonaba a chino. Decidió entonces que olvidaría sus proyectos empresariales y empezaría con el inglés. Sí, con inglés seguro que encontraría algún trabajo se dijo asimismo.
En un rincón de la biblioteca con un libro de inglés entre las manos, pasaban las horas e intentaba adivinar el significado de las palabras inglesas, no se asemejaban para nada a las de español. Entonces una pequeña gota cayó lentamente sobre una de las hojas del libro, la secó rápidamente y se secó los ojos, los cerró con fuerza unos instantes mientras apretaba su puño derecho con fuerza. Los abrió, cerró el libro con cuidado y se levantó, y mientras cruzaba los largos pasillos con estanterías repletas de libros, se fijó en que había un libro que sobresalía más que los demás, estaba a punto de caerse de su hueco, decidió sacarlo, y su lomo rojizo descolorido y viejo titulaba “¿Qué hacer?, lo contempló como si ante un espejo se estuviese mirando y lo dejó de nuevo donde estaba, esta vez lo empujó un poco más adentro junto con los demás libros.
Subió al autobús y descendió en la última parada, caminó unos 10 minutos hasta llegar a un enorme solar limpio y despejado, sin ninguna piedra ni rastro de lo que existió allí. Sólo había un enorme cartel que decía en venta. Paseo alrededor de la parcela donde antes estaba la empresa que dio trabajo, dinero y la posibilidad de vivir dignamente a tanta gente, haciéndoles sentirse miembros integrados de la sociedad. Llegó a entrar por un hueco en una de las juntas de las vallas metálicas que delimitaban la parcela. Paseó nuevamente, hasta que estuvo en el centro, entonces casi dejando caer el peso muerto de su propio cuerpo se sentó en el suelo, empezó a dibujar círculos y números con el dedo índice en la tierra. Mientras hundía la yema de su dedo en el polvo se puso a pensar en lo que le depararía el mañana, y recordó entonces la imagen de ese viejo libro que había encontrado en la biblioteca y se preguntó a sí mismo, ¿Qué hacer? No, tenía respuesta, no lo sabía exactamente, lo que sí sabía era que quería hacer en ese preciso instante, lo único que quería hacer era estar ahí, allí se sentía útil a pesar de no estar haciendo nada, se sentía bien. Sólo quería estar allí y descansar. Se quitó la chaqueta, la dobló formando una bola con ella, se acostó en la tierra polvorienta y colocó la almohada improvisada bajo su cabeza.
Para mi ardirrata