Aun faltaban 10 minutos para que la lasagna estuviese en su punto con su queso completamente gratinado cuando sonó el teléfono, Aina nunca contesta desde la cocina cuando está cocinando, lo le gusta trasmitir olores de comida, y mucho menos de platos que aun no están terminados.
Descuelga en el salón:
- Diga?
- Hola, Aina?
Sí, quien es?
- Soy yo,Juan.
-Qué quieres. Dijo pegando una ojeada al reloj del video, eran las 21,29.
-Necesito verte esta noche, tenemos que hablar. ¿Crees que será posible?
-No lo sé, no creo que tengamos nada que decirnos.
Sonó entre ellos dos, el antiguo carillón del comedor de Aina.
-Estás en el salón? Preguntó Juan.
-Sí.
-Qué estás cocinando?
-Lasagna, dijo cruzando las piernas y apoyando el codo sobre su rodilla izquierda mientras sujetaba el auricular con la mano derecha.
- Sigues con la costumbre de responder desde el salón cuando cocinas, y sigues también esperando a que se haya gratinado todo el queso. Sabes cuanto me gustaba contemplar como se gratina el queso, y ese olor…
-Oye, lo siento, tengo que cortar, se me va a quemar la comida.
-Espe…
Y cortó.
Aina colgó el auricular, pero continuó con las piernas cruzadas y con el codo reposado sobre su rodilla izquierda, dirigió la vista hacia la pared del fondo del salón, permaneció pensativa e inmóvil durante un par de minutos. Pegó una nueva ojeada a la pantalla del video. 21.35. Se levantó y se dirigió a la cocina, paró el horno y volvió al salón, descolgó el teléfono y marcó el número de Juan.
-Después de 6 tonos, sin respuesta alguna, saltó el contestador.
…Deje su mensaje después de la señal: Piiii:
-Oye Juan, que creo que… He sido muy brusca, lo siento, creo que estoy aun un poco dolorida, y… había pensado que, como tengo Lasagna de sobra, si te apetecía venir a cenar conmigo, y… pero bueno, veo que ya no estás en casa y eso, nada. Colgó.
Los labios le empezaron a temblar, al igual que sus piernas. Titubeando llegó hasta el sofá donde se tiró y rompió a llorar, recordaba a Juan, a los más de 7 años que habían pasado juntos, recordó también aquella vez, cuando después de una cena en un bar del paseo de las Delicias, donde discutieron ferozmente, y a la salida ambos se dirigían hacia la Estación de Atocha, iban andando con paso firme y frío uno al lado del otro, sin mirarse, sin dirigirse palabra o mirada alguna. Daba la sensación de que se había construido un muro de Berlín entre ellos, que nunca cesaría la guerra fría, que en cualquier momento uno partiría hacia el este y el otro hacia el oeste. Cuando Aina dijo con voz sería y cortante:
- Espera!. Nunca dejaré de amarte dijo da igual como nos pongamos, te quiero demasiado. Y el muro cayo, derribado por un beso.
Aina estaba aun tirada en el sofá, seguía pensando y recordando, había estado trabajando toda la mañana y toda la tarde estaba exhausta, se quedó dormida sin darse casi cuenta.
El viejo carillón la despertó a las 4.30. Aina se frotó los ojos con las manos durante varios segundos, se incorporó y se sirvió un vaso de burbón, como dos dedos, no tapó la botella, por si tenía intención de beber más. Apenas mojó los labios en el oscuro licor y dejó el vaso sobre la mesa, se levantó, se dirigió a la mesilla donde se encontraba el teléfono y marcó el numero de Juan.
6 tonos de nuevo y saltó de nuevo el contestador.
…Después de la señal. Piiii:
-Juan está ahí? Juan si me escuchas contesta por favor, creo que…
Aina colgó. Fue a su habitación a por su abrigo marrón, cogió las llaves del coche del recibidor y salió rápidamente de casa. No esperó el ascensor a pesar de vivir en un quinto piso.
Condujo todo el tiempo recordando un montón de historias y situaciones que habían pasado juntos Juan y ella. No prestaba atención a las indicaciones ni semáforos, era de noche y el tráfico de la Castellana aun no se había despertado. Llegó hasta el portal de la casa de Juan, bajo del coche, y llamó al 3º A, una y otra vez, nadie respondía. Piiiii, Piiii… y nada. Se abrió la puerta, era el señor García, que se dirigía a trabajar, era conductor de metro.
-Hola, Aina, buenos días, pensaba que era el único que se levantaba a estas horas tan intempestivas, pero por lo que veo me equivocaba.
-Estoy buscando a Juan, usted le ha visto.
- No, lo siento. Estará durmiendo, como lo hace la mayoría de la gente a las 5.30 de la mañana.
- Sí, muchas gracias.
-Hasta luego. Dijo el sr. García
-Adiós.
Aina siguió aporreando el botón del 3ºA, cada pulsación del botón era más intensa, era más fuerte, era como si fuese su corazón el que estuviese empujando ese botón plateado hacia dentro una y otro vez, una y otra vez, más pulsaciones de timbre y de su corazón, más desesperación, más dolor en el centro de su pecho. Hasta que se abrió la puerta.
El corazón de Aina se detuvo por un instante de latir, sus brillantes pupilas se engrandecieron aun más de lo que eran.
Pero se trataba de Consuelo, la vecina del 3ºB.
- Aina eres tu? He escuchado como no paraba de sonar el timbre de la casa de Juan y he salido a ver que pasaba.
- Sabe si está Juan en casa? Preguntó casi sin respiración.
- Se ha ido, no os ibais de viaje a algún sitio? Respondió mientras se terminaba de abrochar con un doble nudo el lazo de su albornoz.
- No, porqué? Dijo tomando después una fuerte bocanada de aire. Era diciembre, y el frío seco se hacía notar a las 6 de la madrugada.
- Se ha ido con dos maletas enormes, he pensado que os ibais a algún sitio… es que?... Consuelo alargo lo máximo posible esa pregunta en blanco, porque tenía curiosidad, como la tienen todas los vecinos que viven en un 3ºB, esperando a que Aina añadiese algo que pudiese satisfacer sus ansias de cuchichear.
- Aina cerro con fuerza un instante los ojos, los abrió acto seguido, y con casi sin aire para hablar, pregunto:
- Le ha dicho a dónde iba?
- No, preciosa, lo siento, sólo me ha dicho que riegue las plantas del rellano de la escalera y me ha deseado las felices pascuas. Está todo bien preciosa?. Añadió Consuelo
- Si, si…Gracias, sabe si… nada, muchas gracias, adiós.
- Está todo bien preciosa?
Aina ni contestó, se subió al coche, le dio al contacto y condujo, condujo entre los primeros autobuses rojos que ya empezaban a cubrir la ciudad. Llegó a casa, tiró el abrigo marrón sobre una silla del recibidor, fue a la cocina, encendió el horno y se puso a contemplar como se terminaba de gratinar el queso.
Antonio Cañellas Capellá