Pedro Garau
Me gustaba mucho salir a la calle, cruzar la calle, siempre claro, después de cerciorarme 100 veces de que no se aproximaban coches, mirar los juguetes de la papelería mesmo, pasar cerca del avión de la tienda de ropa, un avión de esos que se ponen fuera de los comercios para que suban a los niños mientras los mayores hacen la compra, me gustaba mirar a los otros niños mientras ese vehículo con un giro repetitivo se movía adelante, hacia atrás, izquierda derecha, al mismo tiempo que sonaban unas sirenas y se encendían unas luces color ámbar de forma intermitente. A pesar de contemplarlo tantas veces en mi vida, desde que tenía 8 años hasta los 14 cuando cambié de casa, nunca monté, nunca se lo pedí a mis padres, nunca, no sé si era por miedo, por vergüenza de subir con un adulto a mi lado porqué me debía creer mayor que los niños que subían. Siempre me gustaba más observar la cara de esos niños que no eran ni más ni menos que de la misma edad, mirándolos, me veía no reflejado en ellos, sino con ellos, juntos en esa pequeña nave, moviéndose de un lado para otro hasta que se acababa el dinero, o la compra había finalizado y con ella el viaje por las nubes del asfalto. Después siempre con la mirada puesta en la calle con mil ojos para cruzar de nuevo y dirigirme al mercado de Pedro Garau, donde tantas veces había ido siempre acompañado de mi padre, pero esa vez con 10 años iba sólo mi madre me había encargado comprar un manojo de perejil, ufff yo, ir a la plaza de mi barrio, al mercado de Pedro Garau a comprar un “manojo de perejil”, me entró una ilusión tremenda, imposible de describir, pero al mismo tiempo me entró una especie de miedo que me empezó a formar un cosquilleo en la barriga y me subió por la espalda hasta el cuello y llegar a mi cabeza y hasta el último de mis pelos de mi cabeza, creo que desde ese día, tengo el pelo más de punta, más tipo nutria. Empecé a hacer un montón de preguntas a mi madre, muchas de ellas debían ser dignas de oír, como por ejemplo y como es un manojo, cuánto tengo que pagar, como sé que es u buen manojo, o como sé que es perejil… Todos los perejiles son iguales?
Me dio 50 pesetas y me dijo no te preocupes, no hay muchos tipos de manojos de perejil, depende de la mano del vendedor. También me dijo, elige el puesto que más te guste, espera tu turno y negocia el precio si no estás de acuerdo o lo consideras muy caro.
Guauu, que de cosas tenía que tener en cuenta, el temblor ya casi se me había pasado, así que salí a la calle, tenía que hacer un encargo, como si yo fuese mi padre, o cualquier adulto. Ir al mercado de Pedro Garau, elegir un puesto de hortalizas, pedir el perejil, negociar el precio y comprarlo, para llegar a casa con un manojo de perejil.
Ese día, de camino al mercado me detuve a mirar el avión, había una chica que estaba subida en el , estaba su padre a su lado esperando a que terminase el viaje, era una niña de unos 10 años como yo, morena, con dos coletas tipo pipi lanstrum, con un jersey azul cielo de cuello alto con un cisne blanco precioso en el centro, con las alas abiertas, en movimiento, parecía que de un momento a otro, con el vai-ven de ese avión, iba a salir volando de entre esos hilos de lana. Era increíble, un cisne volando encima de un avión, lo contemplé hasta que se terminó el viaje de 50 pesetas.
Tenía una tarea que hacer, era protagonista, no espectador, era un chico responsable. Seguí mi camino hacia la plaza de mi barrio, donde siempre jugaba a fútbol los jueves por la tarde y los sábados, bueno también algún domingo. En esa plaza donde ahora estaban todos los puestos de ropa de todo tipo, de comida, verduras, pescados frescos, carne… y animales, sí. Esa era la mejor parte, mi abuelo me llevaba siempre a ver la parte de animales, con un olor inconfundible, olor a heno, a huevo recién puesto por las muchas gallinas que allí en jaulas te miraban, yo siempre las miraba como si de un zoo se tratase, a veces metía un dedo entre los barrotes de la jaula sin que mi abuelo me viese para alcanzar tocar esos animales con un plumaje de colores ocres y marrones preciosos. Pero Martí, mi abuelo me decía, te picaran, yo sabía que tenía razón, pero la verdad es que nunca me hincó el pico ninguna de esas gallinas de Pedro Garau.
La sección de pescados era una parte del mercado que estaba acostumbrado a hacer con mi padre, yo le veía contemplar de forma entregada esos bichos de mar, yo siempre miraba primero los gigantescos ojos de los besugos, o los peces espada con la espada siempre cortada, ¿porqué se la cortarían?, si era lo más bonito de ese pez, yo quise preguntar porque se la cortaban, o si la tenían ahí detrás del mostrador, si me la podían enseñar. Pero nunca lo hice. Luego me gustaba mirar los lenguados, tan delgaditos, planos como si de un trozo de sábana se tratasen, siempre he creído que esos peces eran unos dormilones, claro como están en ventaja con respecto a los otros, con buscar un hermoso arenal, acomodarse y cubrirse con una fina manta de arena, ya pueden descansar y descansar. Mientras mi padre hablaba largo y tendido con el pescadero y negociaba el precio de la compra, yo admiraba con los ojos fuera de órbita casi, los crustáceos vivos, sentía como me miraban y me escrutaban a través de sus antenas, lentamente con esos limitados movimientos al estar la mayoría de ellos amordazados, pero incluso así, me imponían respeto, no eran como los picos de esas aves de corral con cresta pequeña, las pinzas de los bogavantes eran otra cosa. Su espacio era limitado, como el de las gallinas enjauladas, los crustáceos estaban sobre el hielo en cajas de un metro cuadrado, esa sería su última casa.
Yo era el protagonista ese día, no era mi padre el que elegía el producto, negociaba el precio, el que hacía la compra. Era yo el adulto.
Di una vuelta alrededor del mercado, primero los pescados, luego las gallinas, luego la ropa, luego las verduras, las frutas de mil y un colores, olfateando cada puesto, controlando cual tenía más perejil o el que tenía las naranjas más naranjas, las manzanas más rojas, los pimientos más verdes y de formas más extrañas. Recuerdo que hasta mi forma de andar cambió entre esa multitud de adultos, estaba camuflado, integrado, yo era uno más, iba a comprar un manojo de perejil.
Me decidí por un pequeño puesto donde trabajaba una mujer con un delantal verde con unas tijeras enormes en el bolsillo de tipo canguro que tenía ese delantal. Me acerqué al puesto, me aseguré de que no había ningún otro cliente que hubiera pedido la vez antes. Me acerqué:
- Buenos días- Dije yo
- Bon dia, que desea el señorito? –Dijo la señora de las tijeras grandes
SE-ÑOR-CI-TO, SEÑOR-CITO, SEÑOR-cito. Guauu, os habéis fijado, en esa palabra está incluida la palabra “señor”. Era la primera vez que alguien me trataba de señor con 10 años. Un poco anonadado e impresionado aun dije:
-¿quiero, quiero, (y de repente no se porqué, tal vez por la emoción, me vinieron a la cabeza los gigantescos ojos de esos besugos? Y dije:
- Un manojo de besugos…
La mujer del delantal verde se puso a reír, y a reír. Yo creo que me puse rojo rojo como uno de esos pimientos que estaba viendo delante de mí en la caja de madera junto a las alcachofas.
- No, no, ¡de perejil! Corregí aun sonrojado ¿Tiene manojos de perejil?
-Si, claro que sí- aun con la sonrisa dibujada en la cara, cogió de debajo del mostrador un manojo, sacó de su bolsillo de canguro una goma elástica y se la puso en un santiamén.
-Aquí tienes. ¿Algo más?
Cogí ese hermoso grupo de plantas verde amarillentas, cuyo olor aun recuerdo.
-No. Gracias, cuanto le debo- dije sacando la moneda de cincuenta del bolsillo.
-Nada, no vale nada.
-¿Seguro?
-Sí
-Muchas gracias, adios.
-Adeu
De regreso a casa, muy contento y satisfecho con mi manojo, miré cien veces y con mil ojos de besugo antes de cruzar, volví a mirar los juguetes de la mesmo, y al pasar delante del avión de la tienda de ropa, no había nadie, me entró un deseo y decidí subirme, fue la primera y última vez que subí en ese avión que tantas veces contemplé. Metí las 50 pesetas que tenía, empezó a virar a la izquierda, luego a la derecha, las luces ámbar se encendían y se apagaban. Viaje y viaje, me elevé sobre las nubes del asfalto, vi el mercado de una forma como nunca antes lo había visto, lo vi desde una perspectiva única, lo vi lleno de niños y niñas como yo, paseando, olfateando, mirando las pinzas y colas de las langostas, imaginando las espadas de los peces espada, metiendo un dedo entre los barrotes para alcanzar tocar las gallinas… Hasta que el viaje de 50 pesetas terminó.
Al llegar a casa, di el manojo de perejil a mi madre, la abracé y, me fui a jugar a mi habitación.
Hoy con 24 años, no veo niños que van a comprar perejil, ni casi niños jugando en la calle. El verdadero dueño de la calle es el coche, no el niño, ha sido desplazado, encerrado como esas gallinas, amordazado como aquellas langostas de Pedro Garau. Se ve obligado a jugar en una especie de islas, llamados parques.
El niño es menos ciudadano hoy de lo que lo era antes, no son ni muchos menos considerados ciudadanos, es impensable hacerles participar con cosas tan sencillas como por ejemplo aquella que me encomendó mi madre al hacerme ir a por un manojo de perejil hace 13 años. Apenas pueden hacer nada sin el control de los padres, son prácticamente mini amo/as de casa, son capaces de guardar la casa, encender y apagar equipos electrónicos domésticos mientras los padres están fuera, pero no hay vida en la calle, ¿se considerará algún día al niño como ciudadano, se le dejará participar en la vida cotidiana, se recuperará algún día la calle?